viernes, abril 4 2025

La verdadera razón por la que la vivienda sigue subiendo

Para una parte muy importante de la población las subidas constantes, tanto del alquiler como del precio, son positivas, porque piensan que su vivienda es el fruto de su esfuerzo y su principal inversión

Los datos que señalan que vamos a una economía de herederos como la de principios del siglo XX

Es muy probable que la mayoría de propietarios y propietarias de una vivienda piensen que las subidas constantes que llevamos observando en los últimos 10 años y que el año pasado alcanzaron el 8,6% les benefician; que su inversión ha sido una buena decisión y se está revalorizando.

Y eso no les convierte en los malos de la película. Seguramente tengan emociones encontradas y en conflicto, porque saben que esa misma revalorización tiene muchos efectos colaterales, como que el año pasado se produjeron en España 27.564 desahucios, tres de cada cuatro de ellos entre personas –o familias– que vivían de alquiler. Pero, al mismo tiempo, también piensan en el enorme esfuerzo personal que han tenido que hacer para acceder a esa vivienda, quizás incluso el de toda la familia, y no se sienten menos merecedores de la seguridad que te da esa propiedad que quienes no han podido conseguirla.

Esta, y no otra, es la razón por la que la vivienda sigue subiendo. Para una parte muy importante de la población las subidas constantes, tanto del alquiler como del precio, son positivas, porque piensan que su vivienda es el fruto de su esfuerzo y su principal inversión.

Y todo eso es verdad, salvo una cosa: no es cierto que la vivienda sea su principal inversión. 

¿Cuánto hemos invertido cada uno de nosotros en nuestra educación? ¿Y en la de nuestros hijos e hijas? ¿Cuánto tiempo, cuánto dinero, cuánta vida nos hemos dejado en convertirnos en un miembro productivo de la sociedad? ¿Cuántos másteres, cuántos grados, cuántas extraescolares, cuántos cursos de capacitación, cuántas clases de inglés, cuántas tardes de networking, cuántas prácticas no remuneradas, cuántos “ay, hija, mejor estudia otra cosa que tenga más salidas”, cuántas tardes en casa haciendo los deberes, cuántos años aguantando en un trabajo odioso por tener una línea en el CV? 

Todo ese esfuerzo, que también es una inversión –y una infinitamente más grande que la de la vivienda–, lo hemos puesto al servicio de entrar a formar parte de un sistema económico y productivo que, nos prometimos, iba a valorar el mérito y el esfuerzo de cada uno para retribuirlo en consecuencia.

Pero hoy resulta que comprar una vivienda es más rentable que invertir en la economía real –desde luego, muchísimo más rentable que otras inversiones con el mismo nivel de riesgo–. Si a esos incrementos del precio (del entorno del 8% anual) le sumamos la rentabilidad del alquiler –bien porque la tengamos alquilada o bien porque no tengamos que pagar renta porque estamos viviendo en ella– tenemos que al comprar una vivienda obtenemos un retorno del entorno del 15% anual. 

Conseguir esa rentabilidad con una empresa productiva –de las que fabrican cosas o prestan servicios y crean puestos de trabajo– no es nada fácil. Y, sin embargo, para comprar una vivienda no hacen falta ninguna de las habilidades que son necesarias para gestionar con éxito una empresa. Y tampoco hace falta trabajar para obtener esos beneficios, ni contratar a nadie. Y es que la razón por la que la vivienda sigue subiendo no tiene nada que ver con la creación de valor, sino con la existencia de un monopolio sobre las licencias de habitabilidad.

El resultado perverso de esa desviación monopolística es que ya nadie quiere invertir en empresas productivas. Y cuantas menos empresas productivas, menos proyectos, menos puestos de trabajo, menos innovación y menos crecimiento del que de verdad cambia la vida de las personas. 

Al mismo tiempo, cuanto más sube el alquiler –o el precio de unas hipotecas imposibles– más se ahoga el consumo. Cada euro que gastamos en pagar una casa es un euro menos que dedicamos a comprar cosas o a pagar por servicios que aporten valor y desarrollo a nuestra sociedad. Cuanto más crece la rentabilidad de la inversión inmobiliaria, más decrece la rentabilidad de la inversión que hemos hecho en capital humano.

El mantenimiento de esta tendencia a lo largo de los últimos años ha provocado que dos tercios de toda la riqueza global, en lugar de estar generando puestos de trabajo, se concentren hoy en el mercado inmobiliario y que nuestra economía se parezca cada vez más a una sociedad de herederos. Nos conducimos a toda velocidad hacia un sistema neofeudal donde vale más ser propietario que ser meritorio.

¿Qué harán los jóvenes con más capacidad si todos los incentivos están del lado de quien tiene más dinero de partida? ¿Qué lugar queda para dar lo mejor de uno mismo si da igual, porque lo que tienes importa mucho más que lo que haces? El problema de la vivienda no es el precio, sino la perversión que produce en nuestro sistema moral.

La disyuntiva en la que nos encontramos hoy es esta: o apostamos por dejarles a nuestros hijos en herencia una(s) casa(s) en propiedad –o lo que quede de ellas después de pagar la residencia– o rentabilizamos la inversión que hemos hecho a lo largo de varias generaciones para ser uno de los países con una juventud mejor preparada y más capaz del mundo. 

Lo bueno es que, igual que este es un problema que hemos creado en gran medida entre todos, con decisiones culturales, también tenemos a nuestro alcance las soluciones. La más evidente es invertir en cosas que le hagan bien al mundo, como en energía renovable, en empresas de impacto o en los proyectos de esa amiga, ese nieto o esa sobrina que está creando valor con su emprendimiento.

Pero, además, este fin de semana hay manifestaciones convocadas por toda España para que la vivienda deje de ser un negocio. Hay quien podría pensar que es una cosa a la que solo deben ir los inquilinos, porque es en defensa de sus intereses. Yo creo que deberíamos ir todos y todas, propietarios o no. Porque es de interés de todos y cada uno de nosotros seguir buscándole la máxima rentabilidad a nuestra principal inversión.