viernes, abril 4 2025

EEUU sube la barrera: el regreso del proteccionismo global

Esta operación, en medio de crisis ecológica, tensiones militares y fragmentación económica, es jugar con fuego. La historia no se repite, pero rima. Y esta vez más vale que el resto de los países no admita un «sálvese quien pueda»

Trump anuncia aranceles del 20% para la UE: “Hoy América empieza a ser rica de nuevo”

Entramos en un terreno completamente nuevo: Estados Unidos ha anunciado la subida más importante de tarifas arancelarias desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque ya conocemos los niveles que se aplicarán para cada país, todavía resulta imposible calcular el daño que provocarán en el conjunto de la economía mundial. Especialmente porque desconocemos las medidas que seguirán a modo de represalia por parte de otros países, algo prácticamente asegurado. Si bien hace unas semanas, y durante su intervención en el Congreso, el propio Donald Trump admitió que se produciría “una pequeña distorsión” en la economía estadounidense, es mucho más probable que estemos presenciando una gran conmoción económica. En estos casos sabemos cómo entramos, pero no cómo salimos.

Estados Unidos, rompiendo con una tradición de defensa del libre comercio que acumulaba más de sesenta años, acaba de imponer un arancel universal del 10%, es decir, de aplicación a todos los países del mundo. Algunos salen peor parados, como es el caso de China, con un 34%, o Vietnam, con un 46%, y la propia Unión Europea, con un 20%. Además, Donald Trump ha anunciado que seguirá aumentando en el futuro la lista de productos que estarán sometidos a un arancel más alto.

¿Cuáles son las consecuencias a corto plazo de estos aranceles? Cualquier manual de Economía Internacional comienza señalando que el resultado inmediato es un crecimiento de los precios internos, ya que por definición un arancel encarece los precios de las importaciones. Estados Unidos, por ejemplo, importa productos agrarios por valor de más de 200.000 millones de dólares, el 60% de los cuales procede de México, Canadá y la Unión Europea. Un arancel sobre esos productos implicará que subirán de precio, haciendo algo más difícil la cesta de la compra a los ciudadanos estadounidenses. Esta es la parte a la que probablemente se refiere Donald Trump con “una pequeña distorsión”. Para el resto de los países, el resultado esperable es que sus empresas exportadoras tendrán menos ingresos -y además estarán financiando al gobierno de Estados Unidos por aquellas ventas que sí continúen realizando-.

El arancel aplicado a la Unión Europea es ligeramente inferior al que manejaban los analistas hasta hace unas horas, pero es realmente alto. Sobre la cifra de un 25% (finalmente es un 20%) el Instituto Kiel estimaba una caída en el PIB de la Unión Europea del 0,5%, que sería aún mayor para el caso de Alemania. Como es evidente, las más damnificadas serán aquellas economías con una mayor orientación exportadora hacia Estados Unidos. Por eso los principales afectados son Canadá y México, tanto a nivel general como por sectores específicos (caso de automóviles o aluminio).

Detrás de esta operación hay una lógica básica según la cual el gobierno de Estados Unidos pretende sustituir el consumo de productos extranjeros por el consumo de productos nacionales. Dado que los productos nacionales serán ahora relativamente más baratos que los extranjeros, los ciudadanos se verán tentados de comprar los nacionales. Obviamente, no resulta fácil que Estados Unidos sustituya los productos tropicales -como el aguacate-, dadas las muy diferentes condiciones climáticas necesarias para su producción. Sin embargo, el foco de Trump está más bien en los productos manufacturados o industriales.

Aunque los economistas convencionales no suelen reconocerlo, la estructura productiva de un país -y el tipo de producto que exporta- es lo que marca la diferencia. El sector industrial tiene características -sobre todo la posibilidad de rendimientos crecientes a escala- que lo hacen idóneo para ser motor del crecimiento de una economía. Pero, además, resulta que en la industria se producen muchos bienes que forman parte de las estrategias de seguridad que tanto preocupan a Trump, como todo lo relacionado con la industria militar. Y su temor es a verse como muchos países europeos se vieron ante la COVID: sin capacidad industrial para producir ni mascarillas ni respiradores y dependiendo de países como China. En consecuencia, Trump quiere reindustrializar su economía. 

Sin embargo, sería un enorme riesgo político que durante ese proceso los consumidores estadounidenses se encontraran con niveles de inflación más altos. De hecho, el crecimiento de los precios significa una reducción de los salarios reales. ¿Es parte del plan de Donald Trump pagar el peaje de tener salarios reales más reducidos para poder llevar a cabo una operación de reindustrialización y fortalecimiento militar? Es bastante improbable. 

Aquí es donde entra una de las justificaciones más sofisticadas de la estrategia arancelaria. En teoría, al reducirse las importaciones debido al encarecimiento que provocan los aranceles, la demanda de divisas extranjeras también disminuye, lo que podría ejercer presión apreciativa sobre la moneda nacional —en este caso, el dólar—. Una apreciación del dólar abarata las importaciones en términos relativos, lo que podría atenuar, al menos parcialmente, el efecto inflacionario inicial generado por los aranceles. Bajo este supuesto, el impacto en los precios al consumo podría ser más limitado de lo esperado, y además el gobierno obtendría ingresos adicionales por la recaudación arancelaria. Se trata, sin embargo, de un mecanismo incierto y dependiente de múltiples factores macroeconómicos. 

El argumento anterior es la tesis que defiende, por ejemplo, Stephen Miran, uno de los asesores económicos de Donald Trump, quien ha sostenido que durante la primera legislatura del político republicano, el dólar se apreció en una magnitud cercana al aumento de los aranceles, lo que —según su interpretación— habría neutralizado buena parte del impacto macroeconómico adverso y generado ingresos fiscales significativos. De manera similar razona Varoufakis, sólo que en clave más política: él cree que Estados Unidos está usando esta política comercial para obligar a los bancos centrales a reducir los tipos de interés y, con ello, debilitar sus monedas frente al dólar -con el resultado final ya citado de abaratar los precios de las importaciones y neutralizar el efecto del arancel-.

¿Funcionará? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Ese mecanismo puede ser desbaratado por muchas razones, ya que la relación entre aranceles y tipo de cambio es compleja. Los partidarios de esta operación hablan de que para que funcione es necesario que sea gradual y argumentan, como acabo de apuntar, que los aranceles establecidos hace años ofrecieron buenos resultados. Sin embargo, no está claro que el impacto sea tan inocuo como defienden y, en todo caso, la “pequeña distorsión” se explica por los plazos temporales (el precio sube primero rápidamente y, si termina bajando, sucede bastante más tarde). Con todo, son muchas las cosas que podrían pasar en el mientras tanto, especialmente en un contexto de alta volatilidad y guerra comercial abierta.

De hecho, es de esperar que todos los países afectados pongan en marcha represalias comerciales en la forma de nuevos aranceles sobre productos estadounidenses. Por ejemplo, diferentes estimaciones apuntan a que las exportaciones de la Unión Europea a Estados Unidos podrían caer hasta un 20%, lo que contraería la economía europea y, especialmente, a Alemania -por su mayor orientación exportadora-. Sin embargo, esas medidas de represalia son también aranceles, lo que significa que elevarán también los precios que pagan los consumidores europeos sobre bienes estadounidenses. Una caída de las exportaciones europeas exigirá la búsqueda de nuevos mercados, pero en un contexto donde otros países están en la misma situación. El pronóstico más extendido entre los economistas es que nos vamos a un escenario de recesión mundial -aunque asimétricamente distribuido-.

La incertidumbre es enorme. Debe tenerse en cuenta además que los productos industriales modernos son en su mayoría producidos a lo largo de las cadenas globales de valor, es decir, en una secuencia de operaciones que incluyen el diseño del producto, la extracción de recursos naturales, el transporte de los componentes, el ensamblado de las piezas fundamentales, la incorporación tecnológica, el diseño y las actividades de marketing, entre otras. Cada una de esas funciones depende de la anterior, y en el proceso de minimización de costes las empresas occidentales han externalizado a diferentes países cada secuencia en esa cadena. Los productos más sofisticados, como el iPhone, pasan por más de 40 países. Cualquier distorsión de precios en un eslabón de la cadena afectará al conjunto, lo que además no terminará de comprenderse bien hasta transcurrido un tiempo considerable.

En definitiva, entramos en terreno inexplorado. Y como ni la teoría ni las estimaciones pueden ofrecernos suficiente luz, conviene también acudir a la historia económica. Y es que la última gran guerra comercial también la comenzó Estados Unidos, en 1930. En aquel año se aprobó el arancel Smooth-Hawley, que provocó un aumento de precios considerable de los bienes importados. Sin embargo, su mayor efecto fue que los demás países iniciaron represalias mediante la imposición de nuevos aranceles. Los países entraron durante años en una fase de «sálvese quien pueda» en la que sólo se establecieron alianzas entre unos pocos -por ejemplo, los países fascistas se ayudaron entre ellos-. El proteccionismo se había iniciado tiempo atrás, al término del siglo XIX, pero aquella última ronda fue determinante para explicar el fuerte deterioro económico producido durante la Gran Depresión. Fue el final de la primera globalización.

Hoy, casi un siglo después, el mundo se enfrenta a algo nuevo. Como dije el otro día, los aranceles de Trump no son una simple medida comercial, sino que forman parte de una estrategia geopolítica que busca redefinir y fortalecer el lugar de EEUU en la economía-mundo. Pero esta operación, en medio de crisis ecológica, tensiones militares y fragmentación económica, es jugar con fuego. La historia no se repite, pero rima. Y esta vez más vale que el resto de los países no admita un “sálvese quien pueda”.