Sin AVE, sin enlace ferroviario con el eje central de comunicaciones de España y con trenes que ya acumulan varias décadas de antigüedad, Cartagena sucumbe a una desconexión que amenaza varios ámbitos: la movilidad de los ciudadanos, el turismo, la industria y el transporte de mercancías
“Nos llevan engañando desde que en 2001 el Gobierno regional -presidido entonces por Ramón Luis Valcárcel (PP)- firmó con el de Aznar el proyecto del AVE para Cartagena. Aquel acuerdo iba a traer la renovación de las vías y de las infraestructuras, y nos iba a conectar definitivamente con Madrid y con el resto de España. Pero han pasado 24 años y seguimos sin tener nada”.
En la media tarde del último jueves de marzo, ya al final de la jornada laboral, cuando salen los últimos cercanías hacia Murcia, la estación de ferrocarril de Cartagena se parece más bien a un desierto, o a una parada intermedia en un pueblo de muy pocos habitantes. Unos operarios trabajan a un paso de los trenes, que tienen más de cuatro décadas de antigüedad, están colmados de grafitis, hacen un ruido ensordecedor al arrancar y difunden en el aire un humo denso y oscuro. A lo largo de un día, de cualquier día, casi nadie viene a Cartagena ni se va de la ciudad en tren, con la excepción de algún estudiante universitario o algún oficinista que camina por el andén con los hombros caídos por la fatiga.
La realidad es que, desde aquel acuerdo político rubricado en 2001, que incluía también la conexión -esta sí cumplida- del AVE con Murcia, Alicante y Valencia, llegar a Cartagena en tren se ha convertido en una tarea casi imposible que acarrea pérdidas de tiempo y búsquedas interminables de combinaciones. Tener que acudir en ferrocarril a la ciudad portuaria por una urgencia está más que descartado. Ni siquiera si alguien viene desde Murcia, el único destino -a unos 40 kilómetros de distancia- con el que la estación conecta directamente. Se tarda una hora en completar ese trayecto. De la ciudad portuaria salen muy pocos trenes de manera periódica: ocho a Murcia, dos a Valencia, uno a Barcelona. La línea está diseñada para que todos, sin excepción, pasen por la capital regional.
Se trata de una estación que perdió la vida hace tanto tiempo que Fulgencio Sánchez, portavoz de la asociación de vecinos del barrio contiguo al edificio, la recuerda llena viajeros con esa neblina de lo que no se sabe si ha llegado a suceder de verdad. Pero sí que sucedió, desde que la reina Isabel II inauguró la conexión de Cartagena con Albacete y Madrid en 1862 y ayudó a impulsar, así, la industrialización y la militarización de la ciudad.
Ahora, por no haber, no hay ni cafetería, y el rol de baño público lo desempeñan dos casetas portátiles. La estación está rodeada por un solar, y entre las cristaleras rotas de la pared se entrevé la maleza y la tierra seca donde antes, hasta 2010, se ubicaron dos naves de almacén y garaje de trenes, derribadas ambas para facilitar la construcción de esa vía del AVE que nunca llegó.
El portavoz vecinal Fulgencio Sánchez, que lleva décadas denunciando el abandono de la línea, junto a un tren parado en las vías de la estación de Cartagena.
Fulgencio Sánchez acumula, en este sentido, tantas cosas que reivindicar, que cuando se reúne con el Ayuntamiento, con el Ejecutivo regional o con alguna delegación del Ministerio de Transportes se pierde en un mar de papeles. La estación de Cartagena es también, dice, una especie de oxímoron: marca la llegada a uno de los enclaves más importantes de todo el Mediterráneo. Es el cuarto puerto del país en el que más mercancías recalan. Hay en la ciudad un patrimonio que se conserva como un tesoro, y uno de los suelos industriales más amplios del panorama regional. Pero no llegan las inversiones. No se atraen empresas. Casi no salen mercancías en tren hacia Madrid o Europa porque no tienen por dónde hacerlo.
Más fácil llegar en crucero que en tren
Los turistas tampoco llegan a la ciudad en ferrocarril. Antes de adentrarse en la estación, Sánchez mira hacia una marquesina de autobús que contiene un mapa turístico de Cartagena. La idea es que los viajeros se bajen del tren y, nada más salir a la calle, acudan al mapa para conocer cuáles son los puntos que no deben perderse en su visita. Pero es inútil. El portavoz vecinal dice con un filo de ironía que es más fácil llegar a Cartagena en crucero que en tren.
Esa afección turística es una de las múltiples aristas agudizadas por el atraso en la ampliación y reforma de los enlaces ferroviarios. Los primeros damnificados, desde luego, son sus propios habitantes, que no tienen otra alternativa que utilizar el coche para cualquier desplazamiento. Bien lo sabe Isabel Martínez de Velasco, que va a Madrid por carretera varias veces al año para visitar a su familia, harta de hacer encajes, de trenes que no llegan, de horas de espera en la estación de Murcia, de supresiones de líneas directas hacia la capital española que antes ella sí utilizaba y se esfumaron sin rastro y sin motivo.
Hace cien años, Cartagena estaba mejor conectada
“Es una línea del siglo XIX. Hace cien años, Cartagena estaba mil veces mejor conectada con España y con la Región que ahora. Se ha ido perdiendo todo y nuestros políticos, los que deberían defender nuestros intereses, no han hecho nada para remediarlo. Ahora vivimos en una ciudad aislada”, denuncia Fulgencio Sánchez.
No hay previsión que indique que todo se va a resolver en un futuro próximo. Así lo cuenta el trabajador ferroviario Antonio del Campo, que hace una lista de problemáticas: no solo la ausencia del AVE para pasajeros, sino también la desconexión del corredor Mediterráneo para mercancías, o la línea precaria y anticuada de cercanías, o la peliaguda situación medioambiental de los terrenos por los que circula la vía al salir o al entrar a la estación.
“La Región es muy amplia y con muy diferentes destinos, aunque desde Cartagena solo se pueda ir a Murcia. La línea no está electrificada y este tren es, en pleno 2025, demasiado lento. Debería haber viajes cada media hora que saquen de las carreteras a miles de coches que las colapsan todos los días. Con una línea moderna se llegaría a Murcia en menos de treinta minutos. La gente de aquí no tiene en su cabeza una cultura de transporte público por cosas como esta. Todo ello permitiría unos servicios básicos y una ampliación posterior. Hay que buscar todas las fórmulas posibles, pero las administraciones no se atreven a decirlo”, explica.
Propuestas nunca escuchadas
“Y, mientras tanto, en el resto del país, las comunicaciones de las ciudades importantes sí van creciendo al ritmo que les corresponde”, añade Fulgencio Sánchez. En esa ausencia de crecimiento es clave la opinión de los técnicos como Antonio del Campo. Trabajadores de la Región que llevan años reclamando mejoras, denunciando las condiciones paupérrimas de las líneas, que han vivido en primera persona cómo Cartagena ha ido sucumbiendo a un pozo de desmantelamiento del transporte público. Del Campo fue secretario de organización de la Federación del Transporte. Es líder de la Plataforma murciana de Defensa del Ferrocarril.
Baños actuales de la estación de tren de Cartagena.
“Nos mintieron con el acuerdo de 2001 que iba a conectar en AVE, a la vez, Murcia, Cartagena, Valencia y Alicante. A Valencia llegó en 2011; a Alicante en 2017; a Murcia en 2023. Pero a Cartagena todavía queda mucho tiempo para que llegue”. “Aquel convenio”, prosigue del Campo, “fue un error”. “La Comunidad Autónoma, en vez de reivindicar lo que necesitaba de verdad la Región, que era que la alta velocidad llegara a la conexión directa que había con Albacete y Madrid, aceptó lo de Valencia, que solo ha generado retraso”. “Ahora, como consecuencia, Cartagena no tiene unas infraestructuras acordes a la ciudad que es, con su puerto, con la importancia que tiene el transporte de mercancías por el Mediterráneo”.
El agravio comparativo se recrudece cuando el técnico analiza la situación de otras ciudades de peso y ubicación similar a Cartagena. Alicante, Málaga, Tarragona. Todas ellas están conectadas al eje central de comunicaciones del país. En la ciudad portuaria es imposible ir a cualquier parte en tren sin antes pisar el andén de la estación murciana del Carmen, tras una hora de trayecto, y comenzar allí una espera de no se sabe cuánto tiempo para hacer trasbordo.
Del Campo insiste en que no todo lo que llega a Cartagena, o viceversa, tiene que pasar obligatoriamente por Murcia. Son diversas las propuestas que él ha remitido a Transportes, como el descartado bypass de Beniel, por el que el AVE y el corredor Mediterráneo podrían haber llegado ya a la ciudad portuaria sin adentrarse en la capital de la comunidad. “Hemos planteado variantes para que puedan salir todas las mercancías del puerto y lleguen rápido a Madrid o a otro lugar, para que haya una conexión natural de viajeros de la ciudad con el centro de España. Pero nunca nos han escuchado”.
En coche a Murcia o Alicante
La fórmula que utilizan miles de cartageneros para viajar en tren, en las pocas ocasiones que deciden hacerlo, es al mismo tiempo sencilla y absurda. Primero, se desplazan en coche hasta Murcia o Alicante. Después toman allí el AVE. Para regresar repiten el itinerario a la inversa. Jesús Ruiz vive esa situación unas cuantas veces al mes, porque por trabajo tiene que acudir con frecuencia a Madrid. Alguien de su familia lo lleva en coche a Murcia. Allí toma el tren. “Después de toda esa odisea, tengo que esperar que un transporte que va a 300 km/h tarde casi cuatro horas en llegar a Madrid porque da un rodeo por Alicante. A la vuelta tengo que hacer trasbordo de nuevo en Alicante y cambiarme de tren para volver a Murcia. Allí me vuelve a esperar mi familia para regresar por la autovía a Cartagena. Cuando cojo el tren en Chamartín son las cinco de la tarde. Llego a casa pasadas las diez”, relata.
Isabel Martínez de Velasco, sin embargo, no ha puesto en práctica esa opción nunca. Ella, que vive en Cabo de Palos, prefiere ir a Madrid directamente en su coche, porque mirar un tren desde Cartagena le supone someterse al agobio de los horarios y al tedio de la espera. “Nos han dejado totalmente aislados. Primero hay que ir a Murcia, con lo lento que avanza el tren, y hacer trasbordo. Pero puedes llegar a esperar más de una hora allí a que salga el siguiente tren a Madrid. El viaje se eterniza. Si vives en la costa, como yo, es imposible encajar horarios de autobús” -la estación de dicho vehículo en la ciudad portuaria es meramente anecdótica, residual- “con los del tren de Cartagena, y mucho menos con los de Murcia”.
Terrenos contaminados
El pasado 2 de marzo, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció que Adif había adjudicado 128 millones de euros para llevar a cabo, al fin, la conexión Torre Pacheco-Cartagena del AVE. Es el final de la línea con Murcia. Pero hay problemas añadidos de los que no habló, que sobrevendrán más adelante y que desde la misma estación de la ciudad portuaria saltan a la vista sin dificultad. Las vías, cuando se pierden en la lejanía y tuercen hacia la izquierda, discurren ya por los terrenos contaminados de las antiguas fábricas de El Hondón, junto a balsas de químicos y metales pesados.
“Si uno se bajara del tren al salir de la ciudad ya los podría pisar. Eso ya es peligroso. Imagínate si se ponen a hacer obras y excavar en ellos”, dice Fulgencio Sánchez. Según el proyecto actual del AVE, el final del recorrido conlleva un soterramiento que implicará, en realidad, levantar toneladas y toneladas de tierra cargada de tóxicos. No hay Declaración de Impacto Ambiental y todo está aún en fase de estudio. Los terrenos llevan más de dos décadas sin descontaminar, abandonados por la Comunidad Autónoma. Antonio del Campo ve muy difícil que pueda completarse el proyecto. De hacerse, dice, las obras no empezarían, mínimo, hasta 2027.
Las vías salen de la estación de Cartagena. Al fondo, bajo la autovía, el comienzo de los terrenos contaminados de El Hondón.
Nicolás Vicente fue maquinista y líder sindical de UGT en el apartado ferroviario en la Región. Llegó a trabajar a Cartagena procedente de Navarra al comienzo de la década de los ochenta. Todavía se sorprende cuando cuenta que fue él quien inauguró en el año 82 los mismos trenes que hoy en día continúan utilizándose como cercanías hacia Murcia. No se le pasaba por la cabeza que al cabo de tanto tiempo todo fuera a estar así: sin vehículos de larga distancia, sin pasajeros, sin tecnología.
Los trenes que Vicente conducía entonces por estas mismas vías iban llenos. Llegaban a Cartagena, cuenta, desde diferentes partes del país. Iban a Madrid, en talgos y en expresos nocturnos, a Granada, a Almería, a Galicia, a la costa catalana, a Montpellier. Y dentro de la Región a Caravaca de la Cruz, a Lorca, a Águilas.
“Toda la vertebración de España y de Murcia estaba conectaba con Cartagena”, dice. El maquinista achaca “el cambio de tendencia” a la “dejadez política”. “Esta zona se fue llenando de ferrocarril gracias a la industria y al tejido militar. Cuando todo se vino abajo, también lo hizo el tren. Ahora hay otras cuestiones importantes, como el puerto o el turismo. Pero eso no parece tener peso en Madrid”.
Este periódico se ha puesto en contacto con fuentes del Ministerio de Transportes y de la empresa pública Adif, pero no ha obtenido respuesta.
Sin jefaturas de Renfe ni Adif en Murcia
Para Nicolás Vicente, son tres las vertientes que subyacen del problema del ferrocarril en Cartagena: primero, que la clase política regional “no reclama en función de las necesidades del territorio”. Segundo, que hay algún tipo de culto al asfalto, una apetencia por “apostar por el coche privado y las carreteras”; tercero, que las jefaturas autonómicas de Renfe y Adif no están en la Región, sino en Valencia. Que quien en última instancia decide qué recorridos y tramos y conexiones ferroviarias hay en toda la comunidad murciana trabaja desde una oficina situada a cientos de kilómetros de distancia. “Las personas de allí no saben cuáles son nuestros intereses”.
“Todo se ha perdido”, prosigue Vicente. “Los talgos a Madrid, el tren que recorría todo el Mediterráneo. Aquí nadie se mueve y nadie reivindica, y mucho menos los gobernantes. En verano los trenes venían llenos de pasajeros y ahora da pena verlos. Es muy difícil llegar a Cartagena en tren. No somos una ciudadanía reivindicativa. Nos quitan las cosas delante de nuestros ojos y no nos movemos”.
La estampa más común en la estación de ferrocarril de Cartagena es la de trenes parados y andenes vacíos.
“En otras partes se hace de todo. Se invierten millones en estaciones, en electrificar vías, se incentivan las inversiones”. “A nivel ferroviario no se trata a Cartagena con la importancia que tiene a nivel de núcleo de población -unos 215.000 habitantes-, ni a nivel comercial, cultural y patrimonial. No hay ninguna ciudad con estas circunstancias que tenga una situación de transporte público tan nefasta”, sentencia el maquinista.
Fuentes del Ayuntamiento de Cartagena consultadas por este periódico destacan, en el mismo sentido, que “la falta de conexión ferroviaria directa y moderna con el interior del país, y en particular con Madrid, actúa como una losa sobre las posibilidades de crecimiento del municipio. El retraso de las infraestructuras está suponiendo una pérdida de oportunidades reales para el conjunto de la ciudad”. Las mismas fuentes realzan que desde el Consistorio se seguirá reclamando “una solución definitiva, sin conformismos”.
“La capital turística de la Región”
Preguntadas también al respecto, fuentes de la Consejería de Fomento murciana añaden que el Gobierno central “no está cubriendo, de ninguna manera, las necesidades de Cartagena”. “Solucionar el déficit en infraestructuras ferroviarias de la ciudad es una de las principales reivindicaciones del Ejecutivo regional”, añaden. Fomento exige al Ministerio de Transportes “la priorización de la llegada de la alta velocidad” a la que considera “la capital turística de la Región”, con el fin, concluyen, “de que quede totalmente incorporada al corredor Mediterráneo antes de 2030”.
Pero ambas administraciones coincidieron en signo político con Moncloa cuando el PP gobernó España en 2001, fecha en que fue rubricado el acuerdo del AVE que desencadenó la realidad actual, y también en el periplo de 2011 a 2018. Entonces las reivindicaciones fueron “nulas”, a juzgar por el testimonio de Fulgencio Sánchez. Ese calificativo, para él, no ha cambiado a día de hoy.
“Al final dices, ¿para qué voy a seguir peleando por esto y reclamando nuevas promesas si yo no voy a coger el AVE? Cansa no ver avances, que todo siga siendo igual, que alguien, rara vez, llegue a la ciudad en tren, después de una odisea de viaje, y que lo que le reciba sea un descampado contaminado, o un solar donde abunda la chatarra, un tren del siglo pasado”, sentencia Sánchez. Él todavía espera que, algún día, no sabe ni puede imaginar cuándo, la estación de tren de Cartagena vuelva a ser un lugar con vida. Ya no más un desierto, un espectro del pasado.